Desde pequeña tuve dos sueños, el más importante de ellos era ayudar a quienes lo requirieran. Después de muchas pruebas difíciles conseguí comenzar mis estudios en la carrera que me ayudaría con mecanismo teóricos para lograr realizar aquel sueño, pero más allá de la teoría, quería vivir la experiencia y no solo estudiarla en libros.
Ingresar en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador fue un reto, ya que mi espiritualidad no se encontraba definida y debía cumplir todos los créditos, incluido Jesucristo y la persona de hoy. Fue allí donde, gracias a nuestro maestro Boris Tobar, conocí a “LULI”. Tenía mucha curiosidad sobre esta materia, la primera, saber qué significaban esas letras (creo que no oí bien, voy a preguntar de nuevo… bueno es la segunda vez y tampoco entendí lo que dijo Boris, pero ya no voy a preguntar, ojala esté escrito en algún lado), la segunda ¿qué es esto de espiritualidad ignaciana? y la tercera, el tiempo que debía invertir en esta materia (¿dura un año? Espero que me sirva como materia optativa).
Pues bien, comienza el viaje.
Nuestra primera experiencia como grupo fue asistir a la graduación de la promoción anterior. Esta invitación fue muy emotiva, tras ver sus fotos, videos, su proyecto y las bromas que se hacían unos a otros me imaginaba a mí misma dentro de un año, así, perteneciente a un grupo fraternal y unido, capaz de sacar adelante, no solo un proyecto, sino todos los que se presentaran. Mis dudas se iban aclarando, ya sabía lo que las siglas “LULI” significaban, o al menos eso creía.
Durante mis estudios secundarios pertenecí a un grupo llamado “Líderes”, jóvenes reunidos para intentar alejar a otros jóvenes de conductas de riesgo, fue una formación integral, trabajamos con minorías sociales, con quienes realmente lo necesitaban, sin notar que al intentar ayudarlos a esas minorías, nos ayudábamos a nosotros mismos. Lastimosamente el grupo era para colegiales y no para universitarios así que al ingresar a “LULI” tenía muchísimas ideas preconcebidas.
Al ingresar al aula encontré un par de rostros conocidos, me acerque y procuré sentarme cerca, estaba algo nerviosa. En la mesa frente a mi asiento había un pastel, igual que en el grupo del colegio, me sentí mejor al reconocer un ambiente menos académico y cuando un tercer rostro conocido llegó y se sentó junto a mí, me sentía totalmente acogida.
Compañeros de años pasados estaban allí, acompañando al nuevo grupo, tarea que se vuelve nuestra ahora.
Cada viernes se convirtió en un lugar de encuentro con amigas y amigos, cada viernes un taller nuevo del que podíamos sacar provecho, una mesa redonda siempre con invitad@s diferentes preparándonos para una de las más importantes experiencias del taller: la primera inserción en Gualea.
Una comunidad que nos recibe y nos recibió con los brazos abiertos.
El clima, las hermosas aves y paisajes que nunca habíamos visto, los camiones de leche que nos trasladaban a las distintas comunidades, las artesanías, las anécdotas y los personajes formaron parte de esta novedosa experiencia, algunos incluso aprendimos a ordeñar vacas. Compartimos habitaciones y seguimos extensos horarios de trabajo, cada quien con sus dinámicas, aprendiendo a entablar amistades y a convivir.
¡Qué importante resulta aprender a convivir con los demás!
Quedé tan impresionada con esa inserción que no hacía otra cosa que hablar de Gualea con todas las personas con las que conversaba, también me quedé con muchas ganas de volver.
Nuestra segunda salida de campo fue a Machachi, donde recibimos nuestro taller de expresión oral y escrita. La casa, a pesar de ser muy bella, nos asustaba, fue el lugar perfecto para historias de fantasmas. Las habilidades que adquirimos nos acompañarían el resto del camino.
La inserción mayor nos permitió un acercamiento con las personas de la comunidad, sus necesidades, sueños y anhelos y a ellos con los nuestros. Se ponía a prueba nuestra convicción y para relajarnos después del esfuerzo era momento para el “correo de brujas” y de jugar a los “Lobos” con Roberto Vaca (padre). Entre bromas y enojos se consolidaba nuestra amistad.
Después de una semana teníamos muchas ideas, de las cuales, una se iba a convertir en nuestro proyecto.
Era el momento de la espiritualidad Ignaciana, a cargo de Hernán Hidalgo (mejor conocido como Santo padre), así fue como llegamos al Retiro. La temática me producía muchas dudas, no sabía si seguir o irme ahora que aun había tiempo. Jamás me había otorgado un tiempo para revisar mi espiritualidad, era un tema que no me agradaba. Aquel semestre mi carrera también me producía dudas, ya no quería continuar con mis estudios y ese retiro espiritual me permitió revisar lo que ocurría en mi interior, allí recordé lo que escribí en el papelito en el que un expositor (al cual me referiré como Mashi), nos pidió escribir nuestro más grande sueño y guardarlo, hasta que se cumpla, en nuestras billeteras.
El eje de espiritualidad Ignaciana se fundamentaba en la frase: “Ser más para servir mejor”. Una y otra vez repetí la frase sin comprender que había encontrado la respuesta a mis dudas. Sin importar el enfoque que le de, sea religioso, social, político o cualquier otro, era el servicio a los demás lo que me inspiró.
A pesar de que nunca había pasado tanto tiempo sin hablar y de que no compartía todo lo que se decía o hacia en el retiro, logré tomar un nuevo impulso.
¡Próxima parada, Salinas!, pero de Guaranda… ¡Rayos! yo ya había empacado mi traje de baño.
La economía solidaria, una de las más reconocidas iniciativas económicas del mundo, frente a nuestros ojos. El frio no impidió que cumpliéramos con nuestras actividades y los chocolates nos ayudaron a calentarnos un poquito. Los proyectos que se llevaban a cabo estaban en manos de las distintas comunidades, así entendí la diferencia entre un proyecto asistencialista y uno no asistencialista, una nueva mirada para el proyecto que próximamente debíamos emprender.
Ahora teníamos una nueva responsabilidad, el proyecto. Después de exponer las ideas y votar ganó la “Guía de identidad turística de Gualea”. Debo admitir que al comienzo me parecía una buena idea, pero que carecía de utilidad. Seguramente nuestra facilitadora Caro Barahona percibió esto y me delegó la presentación de nuestro proyecto en la TVPUCE. Debía, como dice Boris, “apechugar” el proyecto y además presentarlo a toda una comunidad universitaria. Mientras algunos compañeros compartían la experiencia en Colombia, yo debía compartirla en Ecuador de tal manera que después de la entrevista muchas otras personas también apechuguen la iniciativa. Después de estudiar y revisar el documento a exponer encontré una mirada que no percibí antes, además del aporte de la guía a la comunidad de Gualea, todos y todas podíamos desarrollar las distintas capacidades que tenemos para que sea un proyecto integral.
El financiamiento del proyecto venía, en parte, de la PUCETON, por lo tanto debíamos aportar tanto como fuera posible. Después de dividirnos en grupos comenzó la recaudación. En el grupo de manualidades y artes pintamos uñas durante una semana (¡no quiero volver a ver un esmalte en mi vida!), disfrutamos del Karaoke y de las comidas. Finalmente debíamos prepararnos para llevar la propuesta a las autoridades de la Comunidad y de nuestra universidad.
El proyecto tuvo gran acogida y de aquí en adelante es cuestión de hacer unas cuantas modificaciones y ponerlo en marcha, mi compromiso es hacer lo que esté en mis manos para no dejarlo varado.
Fue solo aquí, después de todo un año de formación que comprendo lo que “LULI” significa realmente, más allá de sus siglas. Compañerismo, servicio, compromiso, trabajo duro y en equipo y mucho, mucho aprendizaje.
Lo único que puedo recomendar a quienes deciden recorrer este camino es terminarlo, darse la oportunidad de experimentar todas las cosas nuevas que vienen con él, estén a favor o en contra, pues no todas las realidades encajan con lo que nos agrada ni con lo que esperamos.
